El trabajo manual 
 
 
 

    Por Pierre Miquel, OSB

    Abad de Ligugé 
     
     
     

        1. Según la Biblia 
 

    Es necesario trabajar para vivir: el monje no está exento de las secuelas del pecado original: “Con sudor de tu frente comerás el pan” (Gn 3, 19).  El trabajo es presentado en la Biblia como una maldición que pesa sobre toda la humanidad.  El trabajo es penoso porque es una penalidad.  No es “normal” que el trabajo sea así; es conocida la frase humorística: “El hombre no está hecho para el trabajo, la prueba es que eso le fatiga”.   

    San Pablo en la segunda carta a los Tesalonicenses les exhorta al trabajo:   

    “En nombre del Señor Jesucristo os exhortamos: no tratéis con los hermanos que llevan una vida desordenada y se apartan de las tradiciones que recibieron de mí.  Ya sabéis cómo tenéis que imitar mi ejemplo: No viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche para no ser una carga para nadie.  No es que no tuviera derecho a hacerlo, pero quise daros un ejemplo que imitar.  Cuando viví con vosotros os dije: El que no trabaja que no coma.  Porque me he enterado que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.  Pues a ésos les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan” (3, 6-10).   

    “No ser carga para nadie”.  Esta consigna de san Pablo será recogida por toda la tradición monástica para condenar a todos los monjes parásitos que viven a costa de la sociedad.   

    El ocioso se siente impulsado a ocuparse de todo, pues no se responsabiliza de nada; lo comienza todo y no acaba nada; se las da de ocupado, critica, aconseja, pero no es capaz de hacer un trabajo seguido y productivo.   

    Varias anécdotas sabrosas de los Apothegmata Patrum enseñan a los monjes que querrían llevar una vida dedicada sólo a la oración, que el cuerpo tiene sus necesidades y hay que trabajar para satisfacerlas.   

    “Unos monjes euquitas, es decir, “orantes”, vinieron un día a ver al abad Lucio, a Ennato.  El anciano les preguntó: “¿Qué clase de trabajo manual hacéis?”  Y ellos le dijeron: “No hacemos ningún trabajo manual, sino que como dice el apóstol, oramos constantemente” (…).  El anciano les dijo: “¿No coméis?”  Y ellos le contestaron: “Sí, comemos”. De nuevo les preguntó: “¿Y cuando coméis, quién ora por vosotros?” De nuevo les preguntó el anciano: “¿No dormís?”  Y le contestaron: “Dormimos”.  “Y cuando dormís, ¿quién ora en vuestro lugar?”  Y no supieron qué responderle.  El anciano dijo entonces: “Perdonadme, hermanos, pero no hacéis lo que decís”.   

    “Un hermano fue al Monte Sinaí para visitar al abad Silvano.  Vio allí a unos hermanos que estaban trabajando y dijo al anciano: “Trabajad no por el alimento que perece (Jn 6, 27).  María ha escogido la parte mejor” (Lc 10, 42).  El anciano le dijo a su discípulo Zacarías: “Envía a este hermano a una celda donde no haya nada”.  Y al llegar a la hora de nona, el hermano atisbaba por la puerta para ver si venían a llamarle para la comida.  Pero como no venía nadie, se levantó, fue adonde estaba el anciano y le dijo: “Padre, ¿no han comido los hermanos?”  “Sí, ya han comido”, contestó el abad.  “Y, ¿por qué no me has llamado?” El anciano le respondió: “Tú eres un hombre muy espiritual y no necesitas esta clase de alimentos.  Nosotros somos hombres carnales y necesitamos comer; por eso trabajamos con nuestras manos.  Tú has elegido la mejor parte, lees todo el día y no quieres tomar alimento material”. Al oír esto el hermano se echó por tierra y arrepentido dijo: “Perdóname, Padre”.  El abad añadió: “María tiene necesidad de Marta. Gracias a Marta es alabada María.” 

    “El que ora no diga al que trabaja: ¿Por qué no oras?  El que trabaja no juzgue al que ora diciendo: él no hace nada y yo trabajo” (Ps-Macario, 50 Homilías, G.H. 3,2).   

    A la pregunta: “¿Es preciso descuidar el trabajo con el pretexto de orar y salmodiar?” San Basilio responde: “No hay que anteponer la piedad como excusa de pereza o el miedo al esfuerzo”.   

    Pero si una oración por demasiado “angélica’ puede hacer olvidar  la ley  del trabajo, un trabajo excesivo puede hacer olvidar la ley de la oración.   

    “Si estás en tu trabajo manual en la celda, y llega la hora de tu oración, no digas: “Voy a terminar mis palmas o el cesto y enseguida me levantaré”; sino levántate inmediatamente y rinde a Dios esa deuda que es la oración y tu oficio, y tu alma vendrá a estar desierta de toda obra espiritual y corporal.  Pues ya desde la aurora se evidencia tu voluntad” (Sentencias de los Padres del desierto, nueva colección, Solesmes 1970, p. 125).   

    A la pregunta: “Si un hermano ocupado en la despensa, en la cocina o en alguna otra parte no se apresura a tomar su parte regular en la salmodia y en la oración, ¿no es en detrimento de su alma?”, san Basilio responde: “Como un miembro en el cuerpo, cada uno, haciendo su trabajo, observa la regla que le concierne.  Descuidando su tarea, se perjudica a sí mismo, y corre grandes peligros cuando no tiene en cuenta los intereses comunes. (…) el que observa concienzudamente esta recomendación: “Cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” (Ef 5, 19), dándose prisa a reunirse con los demás, no debe preocuparse, porque él cumple estas palabras: “Cada uno siga la condición en que lo llamaron” (1Cor 7, 24).  Sin embargo, hay que estar muy atentos para que pudiendo terminar a tiempo el trabajo, por buen ejemplo, no se tome un pretexto de sus ocupaciones para escándalo de los demás, y no merezca la condenación en que incurren los negligentes. 

    Cuando los perezosos comprueben que las cosas que se les ordenan son penosas, prefieren la oración (san Juan Clímaco, Escala espiritual, IV grado, 95).   

    Los autores judíos y musulmanes no piensan de otro modo.   

    El que se gana la vida con su trabajo es más grande que el que se encierra ociosamente en su piedad (Talmud).   

    Trabaja para este mundo como si fueras a vivir eternamente, y trabaja para el más allá como si hubieras de morir mañana.   

    Trabaja para ganar tu pan; y qué se le va a hacer si esto te impide velar de noche y ayunar de día.   

        2. En la tradición monástica 
 

    Se invocan tres razones suplementarias.  El monje  trabaja para evitar la ociosidad (y combatir la acedia), para hacer penitencia (y castigar al cuerpo), por último, para socorrer al prójimo (y hacer limosna). 

    Evitar la ociosidad

    El capítulo XLVIII de la Regla de san Benito se abre con esta sentencia: Otiositas inimica est animae.  Por eso, san Benito continua así: “En ciertos momentos deben ocuparse los hermanos en el trabajo manual, y a determinadas horas en la lectura divina” (48,1).  La ociosidad es el terreno abonado para las tentaciones y, sobre todo, para la acedia, forma específicamente monástica del aburrimiento y de la pereza.   

    Casiano nos dice que es en la asiduidad al trabajo donde los padres medían el fervor de los jóvenes y su progreso en la paciencia y en la humildad.  Cita con gran elogio al abad Pablo, quien habitando siete días de camino de una ciudad, no podía vender los cestos que tejía.  Por lo cual, al terminar el año, su celda estaba llena de cestos, que el había ido tejiendo día por día.  Entonces formaba con ellos una pira gigantesca, y los sudores y trabajos de todo el año se convertían en nada, al quemar todos los cestos en un instante.  Estaba plenamente convencido de que el monje sin el trabajo manual no puede permanecer estable en un mismo lugar,  ni llegar jamás a las cumbres de la perfección.  Y aun a pesar de que no era para él una necesidad imponerse aquella penosa tarea cada día, no cesaba de trabajar constantemente para llegar a la pureza de corazón.  Esta es la que da solidez a los pensamientos, la perseverancia en la propia celda y la victoria completa sobre la misma acedia y las pasiones.   

    Según san Jerónimo “Los monasterios de Egipto tienen por costumbre no recibir a nadie que no pueda trabajar en algo, no tanto por ganarse el necesario sustento cuanto por la salud de su alma.  De otro modo, andaría vagueando con perniciosos pensamientos”. 

    Juan Clímaco hace decir a la acedia: “Mis adversarios son la salmodia y el trabajo manual”.   

    Sin embargo, los padres del desierto han subrayado también que entregarse febrilmente al trabajo manual podía ser indicio de una acedia lancinante. 

    En tal caso, “el monje que se entrega a toda clase de trabajos no puede estar fijo en un solo trabajo” (Antíoco el monje, Homilía XXVI; PG 89, 1516).   

    Por esta razón, declara el abba Motoes: “Prefiero una actividad ligera y permanente a otra penosa desde el principio, pero pronto interrumpida”.   

    Un apotegma dice así: “El amor inmoderado al trabajo manual es la ruina del alma, pero su práctica apacible es el reposo de Dios”.   

    Es igual la opinión de un espiritual tardío, Calixto Xanthopoulo (fin del s. XIV) que indica: “Un pequeño trabajo manual como mordaza a la acedia.” 

    Hacer penitencia

    El trabajo manual ejecutado por obediencia quebranta el cuerpo y la voluntad propia; doma el cuerpo y lo reduce a servidumbre mortificando sus pasiones.  Pero en este punto es necesario evitar los excesos, pues un cuerpo sobrecargado o agotado por el trabajo puede llegar a ser más frágil en el combate espiritual y la lucha contra los instintos.  Por otra parte “hemos de estar plenamente convencidos de que la más rígida abstinencia, dentro de la cual se incluye el trabajo manual, jamás podrá merecernos por sí sola la pureza constante de la castidad”  (Casiano, Conferencia, XII, 4). 

    Socorrer al prójimo

    El monje vive con poco, pues reduce sus necesidades; con el fruto de su trabajo puede llegar a ayudar al que es más pobre que él (enfermos, huérfanos) y practicar una hospitalidad generosa y gratuita.  Casiano cita el ejemplo de los monjes de Egipto que trabajaban bastante para satisfacer sus propias necesidades y aun ayudar a los prisioneros.   

    A la pregunta: “¿Con qué finalidad y en qué disposiciones hay que trabajar?”, san Basilio responde:

    “Quienquiera que trabaja, debe hacerlo, no para proveer con su labor a sus propias necesidades, sino por cumplir el mandato del Señor que ha dicho: “Tuve hambre y  me disteis de comer” (Mt 25, 35).  Pensar en sí mismo está absolutamente prohibido por estas palabras: “No estéis agobiados por la vida pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando qué os vais a vestir” (Mt 6, 25).

    La finalidad que cada uno debe perseguir en su trabajo es, pues, ayudar a los indigentes y no en remediar sus propias necesidades.”  

    En otra parte Basilio dice: Hay que trabajar “no sólo para mortificar el cuerpo, sino también porque la caridad hacia el prójimo lo pide; de manera que, por mediación nuestra, Dios dé a los hermanos necesitados el medio de subsistir”. 

    (…) 

        3. Según la mentalidad actual 

Compartir la condición humana

    Otras tres razones se añaden o sustituyen a las precedentes. Es verdad que esta razón va incluida en el hecho de que hay que trabajar para vivir –¡incluso si se es monje!- , pero se insiste en la solidaridad que el trabajo establece entre todos los hombres.  El compartir la condición humana exige, para ser efectiva, que esté obligado a la dura ley del trabajo “como todo el mundo”. 

    Acabar la creación

    Varios teólogos han interpretado el versículo del Génesis (2,3) “y el día séptimo descansó Dios” como una invitación implícita hecha al hombre –si no a tomar el relevo de Dios-, al menos a cooperar en su obra, prolongando su acción.  Hay ahí un pensamiento exaltante, pero que necesita una gran dosis de fe para aplicarlo a las tareas modestas e ingratas:

    “La vida humilde en trabajos enojosos y fáciles es una obra de opción que exige mucho amor” (Verlaine). El ingeniero que proyecta una presa, el cirujano que injerta un  corazón, el artista que crea una obra de arte, puede abrigar el sentimiento de colaborar en la creación divina, pero el obrero en cadena, el barrendero de las calles, el lavaplatos de un restaurante no tienen las mismas perspectivas grandiosas… razonamiento igualmente aplicable a esa otra meta evocada actualmente: realizarse.   

    Realizarse

    La alegría de cooperar en la obra de Dios en el mundo va acompañada de una  realización de la persona.  Nos topamos aquí con un pensamiento profundo de Marx según el cual el hombre es lo que hace.  “Al mismo tiempo que actúa sobre la naturaleza exterior y la modifica, el hombre modifica su propia naturaleza y desarrolla las facultades en ella latentes”. 

    Pero si el trabajo puede personalizar al que lo realiza, son también demasiadas las veces que lo despersonaliza reduciéndolo a un papel de robot.  Como se ve, las motivaciones del trabajo son diferentes y han evolucionado.  El punto de vista económico es omnipresente: hay que ganarse la vida.  Pero a la triple motivación invocada por el monacato antiguo: un punto de vista espiritual (evitar la ociosidad), un punto de vista ascético (hacer penitencia), un punto de vista caritativo (hacer limosna), se han añadido recientemente otras tres motivaciones: un punto de vista social (la solidaridad con los trabajadores), un punto de vista que podríamos llamar escatológica (acabar la creación), y para terminar, un punto de vista humanista (la alegría de crear). 

    Hay que subrayar que las tres motivaciones invocadas en la tradición antigua para justificar el trabajo son preferentemente de orden negativo: evitar la ociosidad, mortificarse, hacer limosna, mientras que las motivaciones invocadas recientemente son positivas: solidaridad, creatividad, expansión.  Sin embargo, no estará de más recordar que es a propósito de la venta de los productos fabricados en el monasterio cuando san Benito formula esta divisa fundamental tomada de la primera carta de san Pedro (4, 11): “Así Dios será glorificado en todo” (Cf. RB 57,9). 

    (…) 

        

       

(Tomado del libro titulado Ser monje, escrito por Pierre Miquel.  Ediciones Monte Casino.  Zamora: 1992) 

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