El Oficio Divino u oración litúrgica comunitaria

    
 
 

Por Mercé Cerezo Rellán OSB 
 
 
 

    Nosotros, monjes, que nada amamos más que a Cristo y que voluntariamente deseamos obedecer para poder seguirle más de cerca, que intentamos tener un corazón libre, disponible, gracias al silencio y a la humildad, somos, o quisiéramos ser unos “rapsodas” de Dios, hombres (…) que hacen de sus vidas una alabanza, una intercesión, una acción de gracias ininterrumpida a su Hacedor.   

    (…)   

    Desde que San Benito concluye su capítulo sobre la humildad, poniendo al monje humilde bajo la influencia del Espíritu de amor, se dedica a la larga organización del Oficio divino (capítulos VIII-XII).  Puede dar la impresión que esperó a tener en orden la casa y a haber inculcado a sus discípulos los rasgos esenciales de su vida, para ponerse manos a la obra con la primera y más importante ocupación de sus hijos: el Opus Dei, la oración litúrgica comunitaria.   

    La expresión con que San Benito designa a la Liturgia de las Horas ha expresado, a través de los siglos, la plenitud de su significado.  Celebrar la Obra de Dios, es entregarse de manera incondicional a la obra de purificación y santificación que es la del mismo Dios por Cristo y por su Espíritu, y dar una respuesta fiel por medio de la alabanza y de la súplica.  El Opus Dei, es una tarea conjunta de Dios y de la comunidad reunida por y para él; se trata del ejercicio más completo, aquí en la tierra, de la Alianza que [nos] une a Cristo y, por él, al Padre.   

    Ciertamente, el plato fuerte de la oración de los monjes, y también de la Iglesia, son los Salmos, esos poemas cantados que ofrecen a Dios todo cuanto el hombre puede llegar a vivir, de la angustia al abandono, del grito a la acción de gracias, o de la cólera a la alegría serena.  A lo largo de los días, de las semanas y de los años, la salmodia empapa a los monjes del sentido y del gusto de Dios.  Dom Guéranger recomendaba a los monjes jóvenes: Amarán los salmos, que eran el alimento cotidiano de los santos de nuestra orden, convencidos de que si conseguían emplearlos de una manera familiar, habrían avanzado por el camino seguro que conduce a la contemplación.   

    Y en el mismo sentido, a propósito de los Padres de la Iglesia, Dom Guéranger escribe en el Prefacio de su Año Litúrgico: Esos santos Doctores de los primeros siglos: ¿De dónde sacaban la luz y el fuego que impregnan sus escritos, si no es de las largas horas de Salmodia, durante las cuales la verdad simple y multiforme pasaba continuamente ante los ojos de su alma, inundándola de luz y de amor? 

En el breve capítulo XIX, San Benito se limita a recordarnos la presencia de Dios en el Oficio: salmodiamos ante la divina majestad, en compañía de los ángeles, y hace un llamamiento a nuestra fe, como ya lo hizo al inicio del capítulo sobre la humildad (parece que, después de dedicar una decena de capítulos a la organización del Oficio, volviera a la disposición por excelencia que es la humildad).   

    Una doble actitud debiera caracterizarnos en el coro: la nobleza y la humildad.  Nobleza que se desprende del sentido de la majestad de Dios que celebramos en el Oficio, y humildad de cada monje, amorosamente consciente de su condición de criatura y de pecador perdonado, de hijo amadísimo, pero capaz de ausentarse de la casa paterna.  Las horas que pasamos salmodiando tendrían –tienen- que marcar necesariamente nuestra fisonomía interior: El Oficio es sagrado: debe hacerse con humildad, gravedad y respeto (…).   

    A propósito del Oficio divino, San Benito vuelve a insistir en la humildad y en el principio fundamental de su Regla de no anteponer nada al amor de Cristo.  Y al iniciar el capítulo dedicado a los que llegan tarde al Oficio, recomienda a sus propios monjes dejar todo cuanto tienen entre manos, tan pronto hayan oído la señal y acudir con la mayor prisa, pues, continúa diciendo, nada se anteponga a la Obra de Dios (v. 3). 

    Si nada hemos de anteponer al amor de Cristo, si nada hemos de preferir al Oficio divino, es que existe una misteriosa identidad entre Cristo y el Oficio divino.  Y sabemos, en efecto, que la Liturgia de las Horas es la oración de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo, y que con él forma unidad, y esto aún es más cierto en la liturgia eucarística.  

    Los monjes que, cada día pasamos varias horas salmodiando, no cesamos de prestar nuestra voz a la Iglesia, al Hijo ante el Padre en el Espíritu.  Esta es la razón por la cual el amor al Oficio y el amor a Cristo van tan íntimamente unidos en nosotros, los hijos de San Benito, hasta el punto que quiso poner como condición sine qua non para el monje la solicitud amorosa por la Obra de Dios, camino seguro para buscarlo de veras con humildad y obedeciendo. 

    Quizás podríamos preguntarnos: ¿Cómo vivimos la plegaria litúrgica?  ¿Qué podríamos hacer para participar en ella de una manera plena, vital? 

    No hay formulas magistrales ni técnicas.  La sobriedad de la RB a este respecto nos es una buena lección.  Viviremos fielmente nuestra oración comunitaria litúrgica, penetraremos en ella por la fidelidad de toda una vida.  La primera frase del capítulo XIX: LA ACTITUD EN LA SALMODIA, confluye con el primer grado de humildad, para decirlo de otro modo, con nuestra vida de fe: La fe nos dice que el Señor está presente en todas partes.   

    Una primera consecuencia: la vida litúrgica es inseparable del resto de nuestra vida.  Viene a ser su expresión.  La liturgia no es una realidad en sí misma.  Lo que existe, lo que tiene de vida, es una comunidad que desea construirse sobre la fe, que desea abrirse a la acción de Dios, que desea colaborar en su proyecto de amor sobre la humanidad.  La comunidad es la que ha de ser Obra de Dios, Opus Dei, construyéndose en un lugar concreto, como se construye allí donde se reúne un grupo de personas en nombre de Jesucristo.  Esta Obra se realiza en nuestros monasterios a través de todas las realidades humanas, incluso las más banales y concretas, en y por medio de las cuales se construye una comunidad.  Esta Obra se sitúa a nivel de espíritus y corazones.  En la Liturgia, se manifiesta y se expresa comunitariamente en nuestra confesión de fe: juntos reconocemos por la acción de la gracia del amor Dios, que siempre se adelanta, y dejamos que salgan de nosotros nuestros más profundos deseos, en nombre propio y en el de los demás hermanos –sin poner límite alguno a esta palabra-, y comprometiéndonos a seguir a Cristo.  En este sentido, es en el que la Liturgia puede ser llamada Obra de Dios, porque revela lo que cada uno de nosotros llevamos en el fondo de nuestro corazón.   

    La segunda consecuencia: la vida litúrgica es la expresión de la vida de la comunidad, con sus altibajos, sus momentos de riqueza y sus etapas difíciles, sus temporadas florecientes y las temporadas de cansancio.   Siete veces al día trescientos sesenta y cinco días por año, nuestras comunidades se muestran tal y como son ante Dios, ante ellas mismas y ante los demás.  Los fieles que asisten a nuestras celebraciones quizás quisieran encontrar siempre un fervor que no decayese nunca.  Posiblemente les cueste comprender que después de un día de trabajo, o de una dificultad comunitaria, existan debilidades, distracciones, nerviosismos que se dejen traslucir en el coro.  Se trata de una prueba de sinceridad que puede ser difícil de superar, pero que empalma con el camino de humildad descrito en el capítulo VII.  Puede acorralarnos la tentación de esquivar esta prueba.  Se pueden buscar medios para disimular las debilidades, pero tarde o temprano tendremos que enfrentarnos con la realidad, la nuestra, la de nuestra comunidad, que reza como es.   

    Lo que nunca debiera faltar es la actitud personal, la de cada monje (…), de adoración, de intercesión, de agradecimiento… en nombre propio y también en el de quienes no saben, no pueden o no quieren adorar, interceder o agradecer.  Es nuestro deber y nuestra “suplencia” amorosa.   

    La tercera consecuencia es que la liturgia se prepara con todo el conjunto de nuestra vida.  Liturgia y vida no son compartimientos estancos, sino vasos comunicantes.  Sean cuales fueren las reformas litúrgicas, siempre ha de existir una proporción armónica, tanto en el terreno individual como en el comunitario, entre el lugar reservado a la liturgia y el que damos a los demás valores de nuestra vida de fe: la lectio divina, la oración personal, el silencio, el esfuerzo por luchar contra la dispersión, el trabajo, las relaciones fraternas.  Sin esta armonía y equilibrio, todos los esfuerzos de reforma necesarios serán en vano, ni  que se trate de pasar del latín al castellano o al catalán, adoptando melodías bizantinas o inventando juegos malabares para enriquecer el Oficio. 

    Lo que es cierto es que la participación en la Liturgia nos exige una disposición especial, un esfuerzo de atención, un explícito acto de fe, un poner en acción todo nuestro ser y de hacerlo de una manera consciente y sincera. 

    Si creemos que la Liturgia es la expresión de la fe de nuestra comunidad, también será el crisol en el cual la comunidad recibe un espíritu común: en la Liturgia rezamos como miembros de una comunidad, pero cada miembro de nosotros debe ir creciendo espiritualmente a través de esa plegaria, en la medida que hagamos nuestra la plegaria comunitaria.  No se trata de un estar presente “por obligación”, sino de unir nuestro espíritu al de nuestros hermanos para poder escuchar el Espíritu con la comunidad. 

    Cada uno de nosotros “encuentra” en el Oficio Divino en la medid en que “aporta”, y esto que es cierto para toda obra común, también lo es para la Liturgia. 

    Existe una preparación remota indispensable para la oración litúrgica: estudiar, leer y saborear la Escritura, los salmos, etc.: la Regla lo prevé de manera explícita, incluso en detalles muy materiales… de manera que reposen algo más de la mitad de la noche y se levanten ya descansados.  El tiempo que resta después de las vigilias, lo emplearán los hermanos que tengan necesidad de ello en el estudio del salterio y de las lecturas.  Esta preparación ha de ser subrayada de manera especial cuando el monje da sus primeros pasos en el monasterio, y continuada siempre, durante toda su vida.  Aquí incidirían Oficio Divino y lectio divina.  Pero también existe una preparación mas inmediata, tanto desde el punto de vista de la misma oración (libros, páginas, etc…) como en lo que a disposiciones personales se refiere (recogimiento, silencio, etc.).  En la vida comunitaria siempre somos solidarios o insolidarios unos con otros, porque favorecemos o estropeamos el ambiente a ese nivel.  También cada uno es responsable de la propia actitud, por eso ¡Dios nos libre de juzgar demasiado rápido las actitudes de los demás...!  Hay demasiados factores en juego que se nos pueden escapar. 

    Que nuestro espíritu concuerde con nuestra voz; esta frase de San Agustín, recogida en la Constitución conciliar sobre la liturgia, constituye una de las finalidades mayores de la reforma litúrgica: es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina para no recibirla en vano (Sacrosantum Concilium, 11). 

    Se trata del espíritu (mens); no exactamente de la inteligencia o del pensamiento, aunque evidentemente necesitamos un esfuerzo de atención para seguir el sentido de las palabras pronunciadas o de los gestos realizados.  En este terreno cada persona paga el tributo de su temperamento y ha de hacer lo que sea posible para poder desarrollar al máximo la capacidad de atención.  Pero la plegaria litúrgica no ha de convertirse en una preocupación. Siendo comunitaria por naturaleza, puede adaptarse, en todo momento, a cada persona.  Además es imposible no ser perseguidos, incluso durante el Oficio, por las mil preocupaciones y proyectos que forman el tejido de nuestras vidas.  La gracia de Dios puede suplir estas deficiencias, pero no siempre lo hará de manera sensible.   

    El espíritu hemos de buscarlo y encontrarlo más allá de nuestros pensamientos o de nuestra imaginación, a nivel del corazón, y no he tomado esta palabra en sentido sentimentaloide, sino en su acepción bíblica, es decir, a nivel de nuestros deseos y decisiones.   

    Cuando rezamos y cantamos en el Oficio ¿se corresponden los deseos y las decisiones a lo largo y ancho del día?  ¿Vamos al coro con un corazón recto (que no siempre querrá decir “puro” o “sin falta”), dispuesto a implicarse, o vamos como por inercia, sin demasiada convicción?  Nuestro espíritu concordará con nuestra voz si existe una armonía auténtica y profunda entre nuestra vida, lo que somos y lo que no somos capaces de ser, nuestra búsqueda interior, y el Misterio que adoramos y alabamos en el Oficio, más allá de las palabras.  Pero además de espíritu, la liturgia es una acción que abarca todo nuestro ser en determinados momentos del día.   

   Necesita, pues, tiempo, es obra de toda una vida.  La comunidad tiene una cierta libertad para organizar ese tiempo: combinación de las horas, duración, etc. en función de las circunstancias o de las épocas.  Pero una vez adoptadas las disposiciones concretas, nos toca a cada uno participar con todo nuestro ser en el Oficio.  La Regla de San Benito se muestra intransigente en lo que a esta participación se refiere, y la considera el lugar por excelencia de la reunión comunitaria.  Incluso en el caso de llegar tarde, prevé que los hermanos se unan, en la medida de lo posible, a la comunidad en oración (XLIII).  Las razones a las que alude la Regla no están tan obsoletas como pudiera parecer a primera vista.  Somos del mismo barro que nuestros predecesores en la vida monástica, simplemente las lecturas o la televisión han reemplazado a otro tipo de “distracciones”.  Pero la razón de peso es la fe en el Espíritu que está allá donde se halla la comunidad reunida.   

    Sin embargo, como lo hace siempre, después de afirmar un valor fundamental sobre el cual reposa la comunidad, la Regla prevé que la vida impondrá sus leyes y obligará a determinados compromisos.  Sí, toda la comunidad ha de estar reunida para rezar el Oficio divino, sin embargo, al final de cada hora se hará siempre memoria de los hermanos ausentes, y es posible que a menudo los haya: El capítulo L prevé razones de trabajo y otras que obliguen al monje a permanecer fuera de la comunidad.  Razones de salud, de edad impiden, a veces, a un hermano asistir al coro.  Creo que lo que importa es mantener la transparencia con uno mismo y con los demás.  Nuestra participación personal en el Oficio puede ser un verdadero test de nuestra implicación en la vida de la comunidad.  También pudiera ser una ocasión de cuestionar a nuestros hermanos de comunidad –nunca juzgarlos- sobre la participación o no participación regular.  

    La Regla Benedictina es también insistente en la exactitud de la Obra de Dios.  Esta exactitud es un signo de las disposiciones con que vamos a la oración.  Cuesta dejar, varias veces al día, con frecuencia en momentos que serían propicios, un trabajo que nos apremia.  Siempre es grande la tentación de ganar unos cuantos minutos.  Esta disponibilidad también es un acto de fe y una condición necesaria para que pueda aumentar en nosotros el gusto por la oración.   

    San Benito todavía habla de otra exigencia respecto a la plegaria comunitaria: la responsabilidad de quienes tienen un encargo concreto.  Ya sea el convoca a la comunidad con una señal, o los que tienen algún papel en la celebración litúrgica; todos y cada uno lo harán con humildad, gravedad y respeto; nadie se atreverá a cantar y a leer sino aquel que pueda cumplir este oficio de manera que se edifiquen los oyentes. Todos no somos aptos para todo -¡gracias a Dios!-, sobre todo en nuestro tiempo, tan dado a las especializaciones.  La Liturgia requiere talentos y dones variados.  La sola buena voluntad no es suficiente, ni la fe…  Cada uno de nosotros ha de reconocer con sencillez para qué sirve, y para qué no sirve y quedarse en paz.  Por fortuna no somos nosotros solos los que decidimos –quizás en algunos casos por desgracia-, sino contando con la opinión de nuestros hermanos, sobre todo de los que son responsables. 

   

(Tomado del libro Monjes para el tercer milenio, escrito por Mercé Cerezo Rellán.  Editorial Monte Casino.  Zamora: 2000) 

     


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