La Lectio Divina 
 
 
 

Por P. Lucas Dysinger OSB 
 
 
 

1.  EL MÉTODO DE LA LECTIO DIVINA 

Arte muy antiguo (…) es la técnica conocida como lectio divina -un orar lento y contemplativo de las Sagradas Escrituras- que permite a la Biblia, Palabra de Dios, hacerse un medio de unión con Dios.  Esta antigua práctica se ha mantenido viva en la tradición monástica cristiana y es uno de los preciosos tesoros de los monjes y monjas benedictinos así como de los oblatos benedictinos.  Junto a la liturgia y al trabajo manual, el tiempo asignado de modo especial para la lectio divina nos permite descubrir un ritmo espiritual subyacente en nuestra vida diaria. Inmersos en este ritmo, descubrimos una habilidad creciente para dar más de nosotros mismos y de nuestras relaciones con los otros a Dios-Padre y a la vez a aceptar el abrazo que Dios nos extiende constantemente en la persona de su Hijo Jesucristo.   

El arte de la lectio divina comienza con el cultivo de la habilidad de escuchar profundamente, de oír “con el oído de nuestro corazón,” como San Benito nos exhorta en el Prólogo de su Regla.  Al leer las Escrituras debemos tratar de imitar al profeta Elías.  Debemos permitirnos ser hombres y mujeres con capacidad para escuchar la voz apacible de Dios (1 Re 19,12), “el suave murmullo” que es la Palabra de Dios para nosotros, la voz de Dios tocando nuestros corazones.  Esta escucha tranquila es sensibilizarse a la presencia de Dios en ese lugar especial de la Creación que es la Sagrada Escritura. 

Lectiolectura-

El grito de los profetas al Israel antiguo era el mandato, lleno de júbilo, de “¡Escucha!”  “¡Sh’ma Israel: Escucha, oh Israel!”  En la lectio divina nosotros también prestamos atención a esta orden y acudimos a las Escrituras conscientes de que tenemos que “escuchar” -atender- a la voz de Dios que con frecuencia habla muy suavemente.  Para poder escuchar a alguien que habla suavemente tenemos que aprender a ser silenciosos.  Tenemos que aprender a amar el silencio.  Si estamos hablando constantemente o si estamos rodeados de ruido es imposible oír sonidos suaves.  Por eso, la práctica de la lectio divina exige primeramente hacer silencio para poder escuchar la Palabra que Dios nos dirige.  Este es el primer paso de la lectio divina, propiamente llamada lectio, es decir, la lectura. 

Este leer o escuchar, que es el primer paso en la lectio divina, es muy distinto de la lectura rápida que los cristianos hoy día aplican a los periódicos, los libros y aun a la propia Biblia. La lectio es un escuchar reverente; un escuchar tanto en espíritu de silencio como de respeto.  Estamos escuchando la apacible y susurrante voz de Dios que nos habla personalmente, no en voz alta, sino en la intimidad.  Cuando nos dedicamos a la lectio leemos despacio, con atención, escuchando tranquilamente para poder oír una palabra o frase que sea para nosotros la voz de Dios en el día de hoy.   

Meditatio  -la meditación-

Una vez hemos encontrado una palabra o frase de las Escrituras que nos habla personalmente, debemos tomarla y “rumiarla.” La imagen del rumiante que tranquilamente mastica su bolo alimenticio se utilizaba en la antigüedad como símbolo del cristiano reflexionando la Palabra de Dios.  Los cristianos siempre han visto una invitación a la lectio divina en el ejemplo bíblico de la Virgen María “meditando en su corazón” lo que vio y oyó de Cristo (Lc 2, 19).  Hoy día, para nosotros, estas imágenes son como un recordatorio de que debemos asumir la palabra, esto es, aprenderla de memoria, repetirla suavemente y dejarla interactuar con nuestros pensamientos, esperanzas, memorias y deseos.  Este es el segundo paso o etapa en la lectio divina, la meditatio.  A través de la meditación dejamos que la palabra de Dios se haga Palabra Divina para nosotros, una palabra que nos toca y conmueve hondamente. 

Oratio -la oración- 

El tercer paso en la lectio divina es la oratio, la oración. Oración entendida tanto como un diálogo con Dios -es decir, una conversación amorosa con Aquel que nos ha invitado a abrazarle- así como una consagración, como ofrenda sacerdotal a Dios de aquellas cosas en nosotros que no creíamos le interesaban. En esta consagración-oración dejamos que la palabra que recibimos y meditamos toque y cambie nuestro ser más profundo. Así como el sacerdote consagra los elementos de pan y vino durante la Eucaristía, Dios nos invita, en la lectio divina, a presentarle nuestras experiencias más difíciles, llenas de dolor, y recitar suavemente sobre ellas la palabra o frase sanadora que El nos ha dado en nuestra lectio y meditatio.  En esta oratio, esta oración-consagración, dejamos que la Palabra de Dios toque y cambie nuestro verdadero ser.   

Contemplatio  -la contemplación- 

Para terminar, sencillamente descansamos en la presencia de Aquel que ha utilizado su Palabra como medio para invitarnos a aceptar su abrazo transformador.    Nadie que haya estado enamorado/a  necesita que le recuerden que hay momentos en el amor donde las palabras son innecesarias. Así ocurre en nuestra relación con Dios. Ese descanso apacible, sin palabras, en la presencia de Aquel que nos ama, tiene un nombre en la tradición cristiana: contemplatio o contemplación. Otra vez practicamos el silencio abandonando nuestras palabras; esta vez, simplemente gozamos la experiencia de estar en la presencia de Dios. 
 

2. RITMO SUBYACENTE EN LA LECTIO DIVINA  

Si queremos practicar la lectio divina eficazmente tenemos que retroceder en el tiempo a una noción que hoy día está en peligro de perderse casi por completo.  En el pasado cristiano, las palabras acción (o práctica, del griego praktikos) y contemplación no se usaban para describir dos tipos distintos de cristianos ocupados (o no ocupados) en distintas formas de oración y/o apostolado.  La acción y la contemplación se entendían como dos polos que ocurrían en nuestro ritmo espiritual subyacente: la suave oscilación entre un ir hacia delante y hacia atrás, entre la “actividad” espiritual  respecto de Dios y la “receptividad.” 

La práctica -“actividad” espiritual- se refería en tiempos antiguos a nuestra activa cooperación con la gracia de Dios para erradicar los vicios y permitir el florecimiento de las virtudes.  Esta actividad espiritual no se dirigía hacia fuera, en el sentido de un apostolado, sino hacia dentro, hacia las profundidades del alma donde el Espíritu está constantemente transformándonos, modelándonos según la imagen de Dios.  De esta manera, la vida activa es llegar a ver quienes somos de veras y dejarnos rehacer o convertir en aquello que Dios quiere que seamos. 

En la tradición monástica primitiva la contemplación se entendió de dos formas.  En primer lugar estaba la theoria physike, es decir, la contemplación de Dios en la Creación -Dios en “lo múltiple”-.  En segundo lugar, estaba la theologia, la contemplación de Dios mismo sin imágenes ni palabras -Dios como “Lo Uno”-.  Desde esta perspectiva la lectio divina sirve como un campo de adiestramiento para la contemplación de Dios en Su Creación. 

En la contemplación dejamos nuestra acción interior o espiritual y aprendemos sencillamente a ser, a descansar en la presencia de nuestro Padre amado.  Según nos movemos de continuo en nuestras vidas externas de una actividad a otra, como de hablar a escuchar, de preguntar a reflexionar, así en nuestra vida espiritual tenemos que aprender a gozar simplemente del refrigerio de estar en la presencia de Dios, una experiencia que puede alternarse con nuestra práctica espiritual fácilmente (¡si lo permitimos!). 

En tiempos antiguos la contemplación no se consideraba como meta para alcanzarse a través de algún método, sino que simple y gratamente se aceptaba como un regalo periódico de Dios. De vez en cuando el Señor nos invita a dejar de hablar para que podamos descansar en su abrazo.  A este polo de nuestro ritmo espiritual interno llamamos contemplación. 

¡Que distinta es esta antigua concepción respecto de nuestro entendimiento actual!  En vez de darnos cuenta que oscilamos entre la actividad espiritual y la receptividad, entre la práctica y la contemplación, tendemos a fijar la contemplación ante nosotros como una meta personal que imaginamos alcanzar mediante alguna técnica espiritual.  Tenemos que estar dispuestos a sacrificar esta mentalidad orientada hacia el logro de una meta si queremos practicar la lectio divina, porque la lectio divina no tiene otra meta que pasar tiempo con Dios a través de su Palabra. El tiempo que dedicamos a cualquier aspecto de la lectio divina, sea en el rumiar, consagrar (orar) o contemplar, depende del Espíritu de Dios y no de nosotros.  La lectio divina nos enseña a saborear y deleitarnos en todos los diversos sabores de la presencia de Dios, ya sea a partir de un modo activo o pasivo (receptivo) de experimentarle. 

En la lectio divina nos ofrecemos a Dios; y somos gente en camino, en movimiento.  Antiguamente este movimiento espiritual interior se describió como una hélice, es decir, una espiral ascendente.  Vista sólo en dos dimensiones parece un movimiento circular que va de atrás a delante, pero si añadimos la dimensión temporal, parece como una hélice o espiral ascendente (hacia arriba) por la cual somos atraídos cada vez más cerca de Dios. Toda nuestra vida espiritual se veía de esta manera, como una suave oscilación entre la actividad espiritual y la receptividad espiritual por la cual Dios nos une cada vez más íntimamente a si mismo.  De la misma manera, los pasos o etapas de la lectio divina representan una oscilación entre estos dos polos espirituales.  En la lectio divina reconocemos nuestro ritmo espiritual subyacente y descubrimos muchas maneras de experimentar la presencia de Dios, distintas maneras de orar. 

(…) 

La lectio divina y la vida 

En la tradición antigua la lectio divina se entendió como una de las mejores maneras en que los cristianos podían experimentar a Dios en la Creación.  ¡Después de todo, las Escrituras son parte de la Creación!  Si uno crece diariamente en el arte de encontrar a Cristo en las páginas de la Biblia, comienza a descubrirle con más claridad en ciertos aspectos de otras cosas que El ha creado.  Esto incluye, por supuesto, nuestra propia historia personal. 

Nuestras propias vidas son materia apta para la lectio divina.  Con frecuencia, nuestras preocupaciones, relaciones, esperanzas y aspiraciones entrelazan con el meditar las Escrituras, según se ha indicado arriba.  Sin embargo, a veces es apropiado sentarse simplemente y “leer” las experiencias de los últimos días o semanas en nuestros corazones, del mismo modo en que leeríamos saboreando con lentitud las palabras de la Escritura durante la lectio divina.  Podemos ocuparnos “con el oído de nuestro corazón” en nuestras propios recuerdos, percibiendo la dulce presencia de Dios en los eventos de nuestra vida.  Así nos permitimos la dicha de experimentar a Cristo que se allega a nosotros mediante nuestras propias memorias.  Nuestra propia historia se hace “historia de la salvación.” 

(…) 
 
 
 

Traducido del inglés por P. Eric Buermann OSB

(Editado para este portal) 

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