Biografía de San Benito
Contrario a lo que sucede con la mayoría de los santos, no tenemos biografías contemporáneas del padre del monacato occidental. Los pocos datos que tenemos sobre sus primeros años los conocemos por el segundo libro de los Diálogos del Papa San Gregorio Magno. Estos no nos ofrecen una historia completa sino sólo una serie de acontecimientos para ilustrar los milagrosos incidentes de su vida.
Benito nació en Nursia (Italia) en el año 480. Esto ocurrió cuatro años después de la caída de Roma, que puso en crisis al mundo de aquella época. Pero Dios no permitió que la fe y la cultura cristianas se apagaran, escogiendo a Benito para dar curso a una misión evangelizadora y civilizadora. Los monasterios nacidos bajo su influjo se convertirían en baluartes de la cristiandad.
San Benito tenia una hermana (se supone gemela) que desde muy niña se había consagrado a Dios, pero de ella no sabemos nada hasta el final de la vida de su hermano. Se llamaba Escolástica.
Siendo adolescente, Benito fue enviado a Roma a estudiar acompañado de una nodriza, pero el ambiente pagano, la relajación de las buenas costumbres y la moral cristiana, las herejías, la guerra y el desorden que encontró allí lo desencantaron, y prefirió retirarse al poblado de Effide, en unas montañas a treinta millas de Roma. Aunque no se sabe cuánto tiempo estuvo en este lugar, este fue lo suficiente para darse cuenta de que Dios lo llamaba a abandonar el mundo para llevar una vida escondida como ermitaño. Y se fue a un lugar más lejos llamado Subiaco donde vivió en una cueva.
San Gregorio nos señala que, más adelante, un sacerdote encontró el camino hacia la cueva donde vivía Benito y fue a visitarlo. Allí, providencialmente, se encontró con él un Domingo de Pascua. El sacerdote le había traído comida, comieron juntos y luego este se volvió a su casa. Más adelante Benito fue descubierto por unos pastores, quienes al conocerle se admiraron de sus enseñanzas y su ejemplo de vida ascética. Desde este momento, empezó a ser conocido y mucha gente lo visitaba llevándole alimentos y recibiendo de él sabios consejos e instrucciones.
Aunque vivía apartado de la gente, San Benito, como los padres del desierto, padeció las tentaciones de la carne y del demonio, algunas de las cuales han sido descritas por San Gregorio. Casi vencido por éstas, pensó en abandonar la soledad, pero ayudado por la gracia divina pudo vencerlas y así seguir el camino al cual Dios le había llamado.
Se cuenta que una comunidad de monjes por allí cerca cuyo abad había muerto fue a pedirle Benito que fuese su abad (padre espiritual, pastor). Benito rehusó al principio porque notó que las costumbres de vida de estos no coincidían con los suyas, pero le importunaron tanto que aceptó dirigirlos. Pronto se cansaron de su estrictas costumbres monásticas y llegaron incluso a tratar de envenenarlo. El intento falló, pues, cuando Benito hizo la señal de la cruz sobre su vaso de vino, como hacía por costumbre, este se rompió. Tal experiencia le sirvió para regresar a Subiaco, pero no con la intención de retornar a su antigua vida de ermitaño, sino para comenzar la gran obra que Dios tenía pensada para él: ser un padre y sabio legislador de la vida monástica cenobítica.
De aquí en adelante comienza una nueva era en su vida como monje, pues se reunieron a su alrededor hombres atraídos por su santidad y sus dones milagrosos. Colocó a todos los que querían obedecerle en doce monasterios, cada uno con su prior, teniendo él la suprema dirección sobre todos. Mientras, el santo se quedó en su monasterio, donde vivía con algunos monjes escogidos a los que deseaba formar con especial cuidado. Los discípulos no tenían regla propia pero aprendieron a vivir su consagración siguiendo el ejemplo de Benito. Toda clase de hombres se ponían bajo su pastoreo, pues no hacía ninguna clase de distinción por categoría social u origen étnico. Pasado un tiempo, venían padres para confiarles a sus hijos, a fin de que fueran educados y preparados para la vida monástica. Los más conocidos entre estos fueron Mauro, de 12 años, y Plácido, de 7, quienes permanecieron con él hasta su muerte.
En tiempos de San Benito había mucho prejuicio contra el trabajo manual, considerado como degradante y servil. Como él creía firmemente que el trabajo no solamente dignificaba sino que conducía a la santidad, lo hizo obligatorio para todos los que ingresaban a su comunidad, fueran nobles o plebeyos. La experiencia de Subiaco le permitió establecer su monasterio sobre una base firme.
Una experiencia negativa con un indigno sacerdote llamado Florencio, quien le tenía envidia por su predicación y milagros, hizo que se encaminara desde Subiaco hasta Montecasino, cuyos habitantes practicaban el paganismo, ofreciendo sacrificios al dios Apolo en un monte cercano. Benito se dedicó a predicar allí para convertir a los pobladores, hizo curaciones y otros milagros. De este modo muchos se convirtieron, le ayudaron a destruir el templo pagano y construir dos capillas alrededor de las cuales poco a poco se levantó hacia el año 530 el famoso monasterio de Montecasino.
En Montecasino fue necesario añadir cuartos para huéspedes, pues el monasterio era muy visitado por laicos y dignatarios de la Iglesia que querían entrevistarse con Benito, cuya reputación de santidad, sabiduría y milagros se había extendido por todas partes. Fue durante este periodo cuando escribió su famosísima Regla de monjes, “notable por su discreción” como señala San Gregorio, la cual se convertiría en la regla monástica más importante del cristianismo occidental. Aunque la misma está escrita primordialmente para los monjes de Montecasino, se piensa que el autor previó un destinatario más allá de este sitio en particular. La dirige a todos aquellos que, renunciando a su propia voluntad, toman sobre si “las potentísimas y espléndidas armas de la obediencia” para luchar “para el Señor, Cristo, el verdadero rey” (Prólogo). El santo quiso fundar “una escuela para el servicio del Señor”, proyectada para principiantes, por lo que el ascetismo de la Regla es notablemente moderado. Esta prescribe una vida de oración litúrgica, estudio (lectio divina) y trabajo llevado socialmente en comunidad y bajo un padre común.
En aquel entonces y durante mucho tiempo después, sólo en raras ocasiones un monje recibía las órdenes sagradas y no existe evidencia alguna de que Benito fuera sacerdote.
Benito realizó muchos milagros y vivió experiencias que mostraban la presencia del Señor en él. El santo abad no limitó sus servicios a los que querían seguir su regla sino que extendió sus cuidados a las poblaciones vecinas: curaba a los enfermos, consolaba a los afligidos, distribuía limosnas a los pobres y se dice que en más de una ocasión resucitó a los muertos.
San Gregorio Magno, en uno de sus capítulos de los Diálogos, nos dice que al final de su vida San Benito tuvo una gran visión que resume el anhelo de su vida y de su regla monástica: contempló, como en un rayo de sol, a todo el mundo reunido bajo la luz divina. También, Dios le dio a conocer con anterioridad acerca de su próxima muerte, que ocurrió el 21 de marzo del año 547. Fue enterrado junto a Escolástica, su hermana, que había muerto el 10 de febrero del mismo año, en el sitio donde antes se levantaba el altar de Apolo, que él había destruido.
Siguiendo el ejemplo de este santo y su regla, los monjes benedictinos llevaron a cabo una importante contribución en el surgimiento y desarrollo de la cultura europea post-romana. Conservaron y diseminaron la semilla de la fe en tiempos de las invasiones bárbaras, cultivaron la tierra, organizaron el trabajo, edificaron iglesias y monasterios a todo lo largo y ancho del continente, copiaron a mano los libros que contenían el conocimiento de su época y épocas anteriores formando además bibliotecas monásticas, enseñaron a leer y a escribir a los analfabetas, etc. Por todo esto y mucho más, en 1964 el Papa Pablo VI declaró a San Benito de Nursia patrono principal de Europa.